Sus padres tuvieron otro hijo, llamado Francisco María Joseph, que nació en 1772 y que murió siendo niño. Sólo este hermano de padre y madre tuvo María, pues ocho meses más tarde, el día 5 de julio de 1773, fallecía su madre, María Rosa Juana Liceras de la Cueva, cuando aún no había cumplido 29 años.

Como ya se ha señalado en otras ocasiones, esta situación, viudo a la edad de 34 años y con dos hijos pequeños, llevó a Francisco de Astorga Frías a contraer segundas nupcias con María Cubero Vilches, el día 23 de diciembre de 1773, cuando tan sólo habían pasado cuatro meses del fallecimiento de su primera esposa.

Cuando falleció su madre, María era muy pequeña, sólo contaba con tres años y medio, y no recordaba casi nada de su infancia, como revela en sus escritos.

 

[…] desde luego tuvieron mis buenos padres mucho cuidado con mi crianza, porque mi Madre aunque no fue voluntad de Dios que la conociera, por lo que no me acuerdo nada de su merced, me llena de consuelo el oir sus virtudes, y la crianza, que empezaba à darme gracias a mi Dios […]

La relación de María con su madrasta no fue mala, pero tampoco muy buena. Ella comenta que cuando su padre volvió a contraer matrimonio, le quitaron las muchas gachas que tenía; desde entonces comenzó a endurecerse y a quedar acobardada; tan es así, que explica que parecía tonta por el temor que tenía a su madrasta, y que la tenían por tonta, llegando algunas personas a calificarla de esa manera. En esos años de niñez, cuando aún tenía cinco años, temerosa de su madrasta y afligida porque su padre se había casado de nuevo, tuvo la primera revelación y visión en sueños de la Santísima Virgen, que la tomó como hija, reverenciándola desde entonces como Madre y como Señora:

 

[…] con una Madre politica, que aunque de pocos años, no lo recibi bien, y me costó trabajo vencerme à decirle Madre, asi afligida como he dicho, me quede dormida, y en el sueño vi una Señora hermosisima vestida, como se acostrumbran à vestir las Señoras de Pasion, y me dixo, que no me afligiera, que era mi Madre que estaba en el Cielo, y que estaría conmigo. esto aunque sueño lo digo porque de el me vino la devosion que he tenido siempre à la Señora en particular en el titulo de sus dolores, y desde entonces la reverenciaba como à Madre.[…]

 

Como se puede leer claramente en el fragmento anterior, la devoción a la Virgen de los Dolores le venía por esta revelación.

Desde aquel acontecimiento, siempre que se refirió a la Virgen, lo hacía diciendo: Mi Dulce Madre. Desde entonces, tomó la costumbre de rezar siete Ave Marías, todos los días, en memoria y devoción a los siete dolores de la Virgen. Al mismo tiempo, le tenía devoción a San José, a la Sagrada Familia, al Santo Ángel Custodio y a San Juan Evangelista. El Santo Rosario se rezaba todos los días en su casa.

 

casa de Madre Socorro
Casa de Madre Socorro

 

En esta edad comenzó a tener miedo de pecar, y según expresa, no discernía muy bien qué era pecado y qué no lo era. Por eso todo le parecía malo.

Con seis años, en 1774, la llevaron a la miga. Con esta edad ya sabía leer, aunque explica en varias ocasiones que la escritura nunca fue de su agrado. Estando en ese lugar, un día le quitó a otra niña una rosa seca, pero al salir de clase, vio una imagen de la Virgen, probablemente una capilla callejera situada en la fachada de alguna casa; rápidamente se arrepintió y corrió a devolver la flor; desde entonces quedó escarmentada y muy temerosa de no cometer ningún pecado.

 

Nos explica que sus padres la tenían todo el día ocupada, con el libro ya con la media, y leía la Pasión y la vida de los Santos. Por otra parte, comenta que su familia no quería que leyera mucho, porque temían que se volviera loca como su madre.

El juego, como no podía ser de otra manera, también ocupó otro espacio en su infancia; por las tardes la dejaban jugar con unas parientas, pero el juego que tenían era la lectura religiosa, que tanto a ella como a las otras niñas, les daba unos deseos de santas, y tenían que reñirles sus padres para que dejaran el libro.

 

A la edad de ocho años recibió la Primera Comunión. Relacionado con esto hay que decir que en su casa tenían a una mujer, para que ayudara a las tareas domésticas. Esta señora era la encargada de llevarla a confesar a la cercana iglesia parroquial. Sor María del Socorro nos cuenta, que aquella mujer advertía al confesor de su simpleza, como si no fuera capaz de confesar, aunque el sacerdote no opinaba lo mismo. Explica que conocía perfectamente la doctrina, pero que era como el papagayo, que no tenía la inteligencia interior que se requería. Por entonces comulgaba y confesaba una vez al mes, siempre con un confesor distinto; así lo hizo hasta los doce años, cuando recibe el consejo de que lo haga siempre con el mismo confesor; más tarde, le dan permiso para poder confesar cada quince días, y después cada ocho. Con esta edad ya pensaba ser religiosa, pero no revelará a su familia la vocación que sentía hasta los catorce años.

 

Pocos pecados tenía a esas edades, tan sólo la desobediencia a sus padres, algo frecuente en los niños, de levantarse tarde, pues dice que siempre había sido muy dormilona y cuando su madrasta la llamaba para que se levantara, se volvía a quedar dormida. Así ocurrió hasta que un día, con nueve años, fue castigada por su madrasta por levantarse tarde; desde entonces no lo volvió a hacer, pues creía que ofendía a Dios.

 

Desde que hizo la Primera Comunión, había empezado a tener mayor conocimiento de la religión. Rezaba con mayor frecuencia a la Virgen. A veces pedía permiso a sus padres para recoger algunas flores que crecían en el patio de su casa y llevárselas a la Virgen. Explica cómo le gustaba quedarse sola en casa, encerrada al cuidado de sus hermanos pequeños, para arrodillarse en el suelo y adorar al Santísimo Sacramento, ya que desde su casa, situada en la Plaza de la Iglesia, veía la parroquia, dando gracias a Dios por haberla hecho su vecina. En cierta ocasión, a la edad de ocho años, fue a cerrar una ventana, desde donde se veía la iglesia; al inclinarse para adorar a Dios Sacramentado, se dio un golpe con un traste que allí había y casi pierde un ojo, o como dice ella: le salió cascado.

 

Con diez años, empezó a temer menos a su madrasta. Llegados a este punto y tras haber leído todos sus escritos, hay que reseñar que la segunda esposa de su padre no era mala con ella, lo que ocurría es que se esforzaba por obligar a María a hacer algunas cosas normales, para evitar las habladurías de la gente, y que a ella no le gustaban.

En lo religioso, hay que decir que con diez años sintió los primeros fervores. Muchas veces, a escondidas, ayunaba y guardaba el alimento, para entregarlo como limosna a los pobres. Con esta edad sufrió un gravísimo percance, ya que alguien, accidentalmente, le clavó unas tijeras en la mano, pero podemos decir que milagrosamente se recuperó:

 

[…] fue tan grade el dolor que me quede sin sentidos quando volvi me alle con la mano echos garabatos todos los dedos con unos dolores grandes pero lo primero que oi fue el Rosario de mi dulse Madre de los Dolores esto me acordo la memoria de los dolores de los clavos que abia sufrido mi amado Esposo y Señor causandome tan grande consuelo en mi alma que daba grasias mi Dios que me abia dado aquella ocasion en que yo padesiese aunque duro poco mi tormento porque una tia de mi Madre mui devota de mi dulse Madre en el titulo de sus dolores acudio a pedirle à la señora no me quedara manca que eso se pensaban todos los que estaban presenten i asi que su suplica vino y me aplico un paño de aguardiente exortandome à la devosion con mi dulse Madre que me encomendara à la Señora y quedaría sana y asi fue que alistante enpese à mover los dedos i amaneci con la mano buena solo un dedo algo encogido sin estorbarme para nada […]

 

Como consecuencia de esta curación, empezó a leer y a meditar sobre la Pasión de Cristo.

En la adolescencia trabajaba ayudando en la casa. Una de las tareas que aparecen en sus escritos es el cuidado de sus hermanitos. Hay que recordar que el segundo matrimonio de Francisco de Astorga Frías fue muy prolífico, hasta ocho hijos se le conocen de este matrimonio, pero finalmente sólo dos llegaron a la edad adulta: Julián y Juan. En una ocasión que le encomendaron cuidar de sus hermanos pequeños, uno de ellos, no sabemos cual, no le hizo caso, lo que provocó que María perdiera la paciencia y le pegara al niño; después de esto quedó muy arrepentida, ya que consideró que había pecado de impaciencia.

 

Con doce años, fue pretendida por primera vez. Este acontecimiento le provocó ciertos quebraderos de cabeza, porque no sabía cómo actuar. En relación con esto, cuenta que durante la Pascua, iba a casa de sus abuelos, donde había reunión con familiares y algunas cosas de diversión; allí acudían otras mositas, probablemente de la familia, que hablaban de novios. Ella, aún siendo tan pequeña, empezó a reprenderlas y comenzó a llorar, implorando a la Santísima Virgen que la librara de las cosas del mundo. Después de esta escena, nunca más acudió a casa de sus abuelos durante las fiestas, pues su padre, Francisco de Astorga, le dio permiso sabiendo que a ella no le agradaba.

 

A los trece años, a consecuencia de los “adornos”, es decir de las alhajas, lacitos y cualquier otro tipo de ornamento que usaban las jóvenes de finales del siglo XVIII para engalanarse, pasó un mal rato, pues su madrasta le decía que era algo normal y la obligaba a ponerse esos adornos, ya que pensaba que las habladurías de la gente dirían que como no era su hija natural, la tenía mal vestida. María odiaba los adornos, le traían a la memoria los atributos de la Pasión; por ejemplo los lazos del pelo, le recordaban la corona de espinas; los anillos de los dedos, los clavos que atravesaron las manos de Jesús, etc. Finalmente su padre intervino y permitió que no se los volviera a poner.

 

A los catorce años le ocurrieron varios percances. La vecina levantó un falso testimonio que la involucraba. Decía que María, por las noches, hablaba por la ventana y no la dejaba dormir. Su madrasta dudaba que fuera cierto, pero la encerró de noche en su habitación, y no le permitía que fuera sola a misa. Esto causó mucho desconsuelo a María, pues en su casa había muchos niños pequeños que había que cuidar y, como consecuencia, su madre no podía acompañarla a la iglesia, que estaba frente a su casa. Un sacerdote aconsejó a su madre que podía dejarla ir sola a la iglesia, y que ella podría vigilarla desde una ventana de su casa. A los pocos días, la vecina volvió a repetir la misma queja, y en este caso la madrasta descubrió que era mentira, ya que su María seguía encerrada por las noches en su habitación; se lo dijo a la vecina y le pegó un bigote a là pobre mujer y no volvió más.

 

Con catorce años, le escribieron un papel pretendiéndola para el estado del matrimonio; no llegó a comentarlo con nadie, ni siquiera con sus padres, y no sabía cómo responder. Acudió llorando a su Dulse Madre, pidiéndole luz para conocer la voluntad de Dios. Ella dice que le repugnaba el estado del matrimonio. Mientras estaba orando, escuchó una voz que le decía:

 

[…] Estando en estas peticiones oi una vos clara que me decia: no te quiero para ese estado sino para esposa de mi Hijo quede tan sorprendida y tan llena de consuelo que no puedo explicar se aumentaron mis deseos con la nueva lus que mi amado Esposo daba à mi Alma y toda aquella noche se me fue en dar gracias à mi Dios y a mi dulce Madre […]

 

Durante los dieciséis años le aumentaron los fervores religiosos, deseando con más ansia ser religiosa. En esta época empezó a ayunar con mayor frecuencia, y a buscar la manera de mortificarse. Siempre que podía, dormía en el suelo, y como no tenía silicio, se ataba una soga con nudos; en otras ocasiones cogía una pleyta angosta para colocársela en la cintura, que le provocaba magulladuras y llagas. Todo esto lo hacía a escondidas, pues nadie en su casa lo conocía. Como casi siempre estaba enferma, y tenía una complexión delgada, pedía, en sus rezos a la Santísima Virgen, ponerse gruesa, para poder seguir con las mortificaciones, sin que la descubrieran sus familiares. Al poco tiempo de comenzar sus peticiones, empezó a engordar y a ponerse colorada. Los médicos que la atendían, no encontraban la causa de esa mejoría, pero ella lo tomó por un gran favor que le había concedido su Dulce Madre.

 

El día 5 de octubre de 1786, falleció María Cubero, la segunda esposa de Francisco de Astorga Frías. Al día siguiente era sepultada en la iglesia parroquial de Santa de Ana de Archidona. En los escritos de la Sierva de Dios, se dice que cuando murió su madrasta tenía 15 años, pero lo cierto es que estaba a punto de cumplir diecisiete años. Una semana antes del óbito, María Cubero, la madrasta, otorgó su testamento y de éste podemos extraer algunos datos relacionados con María y su familia. En el testamento se dice que cuando María Cubero casó con el alarife, éste llevaba al matrimonio dos hijos, María y Francisco, pero que el niño falleció; que habían tenido varios hijos, de los cuales sólo sobrevivían Julián, Juan y la pequeña Francisca. María Cubero legó a su hijastra unos zarcillos de oro y perlas:

 

[…] Mando por via de legado o manda ó como mas bien haía lugar por derecho a la dicha María de Astorga y Lizeras mi entenada Unos sarsillos de oro y perlas, lo que le mando en el remaniente del quinto de mi caudal y ser asi mi ultima volunta […]

 

El día 7 de diciembre, Francisco de Astorga Frías realizaba la partición de bienes tras la muerte de su segunda esposa, María Cubero. En esta partición se recoge que el haber de María de Astorga Liceras, ascendía a un total de 1.932 reales y 21 maravedís y medio, por la legítima de su madre, y 60 reales del valor de los zarcillos, que su madrasta le había dejado en su testamento.

 

Es probable que su madrasta falleciera de una epidemia de tercianas que asoló la villa en aquel año. María también cayó enferma de esta epidemia, y según explica en sus escritos, estas calenturas le duraron ocho meses.

 

En aquel tiempo, el golpe más duro para ella fue la enfermedad de su padre, que cogió un tabardillo al mes de haber fallecido su segunda esposa. Estuvo muy grave y se temía por su vida. El médico aconsejó que cumpliera con sus deberes de buen cristiano; entonces María tuvo que sobreponerse y hablar con él para exponerle la gravedad de su enfermedad y el consejo que había dado el médico. A la casa acudió el escribano Juan Bruno de Godoy, y allí, en una sala, Francisco de Astorga dictó su primer testamento. Mientras esto sucedía, María estaba presente y a la vez escuchaba los comentarios de sus familiares en la habitación contigua, que se repartían el cuidado de sus hermanos pero ninguno quería cargar con la tonta. María respondió a una tía que no se preocupara, que si su padre le faltaba no le faltaría Dios. Ante esta situación, María rezaba a Dios pidiendo la salud de su padre; al poco tiempo, éste se restableció y a María, poco a poco, se le fueron curando las tercianas.

 

Después de estos sucesos, María comenzó a rezar menos, lo que le producía mucho desasosiego, como explica a lo largo de sus escritos. Se veía como una ingrata que no agradecía lo mucho que Dios hacía y había hecho por ella. Seguía acudiendo con asiduidad a la iglesia, donde se confesaba frecuentemente, exponiendo a su confesor lo que para ella eran pecados; éste le decía que nada de lo que le decía era pecado. En este tiempo, cuando acudía a la iglesia, comenta que mucha gente, cuando estaba rezando, la entretenían y querían hablar con ella; por educación, atendía a la persona que le hablaba, pero intentaba dejar pronto la conversación. Para ella, esto era un gran pecado, aunque su confesor volvió a decirle que no lo era. Pese a los consejos de su confesor, seguía pensando que cometía pecados, y su conciencia no la dejaba tranquila por no dedicar más tiempo a la oración. Acudía a su Dulce Madre, la Virgen, donde encontraba el consuelo necesario.

 

La muerte de su madrasta obligó a María a tomar las riendas de su casa, y durante un año aproximadamente, estuvo en la situación antes descrita. Ella nos explica que en este tiempo cometió grandes pecados de impaciencia, porque algunas personas hablaron mal de su padre en su presencia, y empezó a defenderlo y a decirles a esas personas cosas que les podían molestar; rápidamente le vino a la mente una imagen de la Santísima Virgen y comenzó a oír en su interior:

 

[…] quando injuriaban à mi ijo Santisímo no me irritaba contra los que lo sian antes pedia por ellos con esto […]

 

Con esto quedó reprendida y comenzó a pedir perdón. En esta época habló de nuevo con su padre sobre la vocación que sentía de ser religiosa, y a éste le pareció bien:

 

[…] su merse que se alegraba mucho que elegiera el Estado de Religiosa porque el otro era bueno, este era mejor i asi otras muchas cosas que me llenaron de alegría mi alma […]

 

Otras veces volvió a retomar el tema con su padre, diciéndole que no iba a entrar en religión por causa de las enfermedades que padecía, y además por no dejarlo solo. Más tarde le comentaría a su padre que, en el momento en el que ella se pusiera buena, lo dejaría solo.

 

A los diecisiete años de edad, se hospedó un religioso en casa de una tía suya; para ella llegó a ser un santo forastero. Este sacerdote se convirtió para María en un gran apoyo. Con él hablaba frecuentemente de temas religiosos. Hizo una confesión general, le manifestó los grandes deseos que tenía de ser religiosa y lo imposible que lo veía, como consecuencia de la muerte de su madrasta y haber quedado una Casa de niños ì à mas de eso mi Padre empeñado con las muchas enfermedades. María explica al religioso la vida que había decidido llevar en su casa, como si fuera una religiosa, permitiéndole éste que hiciera voto de castidad temporal, hasta que se volvieran a ver, y entonces decidiría definitivamente si quería ser religiosa. Éste sacerdote le organizó el modo de hacer oración.

 

En este tiempo se levantaba temprano, rezaba y luego comenzaba con las tareas domésticas; después se marchaba a misa, y cuando volvía tenía la lesión espiritual, procurando estar en la presencia de Dios. Por la noche, rezaba el Rosario, y demás devociones, después leía un rato junto a su familia antes de irse a dormir; una vez en su habitación tenía otra hora de oración.

 

El religioso le quitó los ayunos diarios; tan sólo le dejó dos a la semana y tres en Adviento, pues temía que cayera enferma. También le dijo que podía comulgar a diario, pero esto último no le gustó a su confesor habitual y, por escrúpulo, no lo hacía.

 

Pasado algún tiempo, el sacerdote se marchó y María quedó afligida, pues se había dado cuenta que ese hombre hacía mucho bien a su alma.

 

A los tres meses, después de la marcha del religioso, María cayó enferma, con calentura durante dos meses, a consecuencia de un panalizo en un dedo. El médico indicó que era una enfermedad peligrosa, que era mortal, y como no mejoraba, el facultativo llegó incluso a sugerir la amputación de la extremidad. Ante esta situación, María, aunque estaba contenta de padecer por Dios, acudió a su Dulce Madre, la Virgen María, y al día siguiente, para asombro del galeno, el dedo y la mano estaban totalmente recuperados.

 

Las enfermedades fueron muy frecuentes a lo largo de toda su vida. Por ejemplo, cuando tenía dieciocho años, al quedar ella sola al cuidado de su casa, su padre contrató a una mujer para que ayudara en las tareas domésticas; esta señora enfermó y, al mismo tiempo, María la siguió con fuertes dolores de corazón y estómago; esta enfermedad le duró hasta los veintisiete años. Cuenta María, que el médico le había comentado en cierta ocasión a su confesor que:

 

[…] no allaba mas causa para mis males que el querer Dios que padecìera […]

 

Como consecuencia de sus muchas enfermedades, acudió en tres ocasiones a un balneario situado en otra localidad. Esto fue causa de mortificación para ella por varios motivos: el primero es que tenía que salir de Archidona, y el segundo la mala reputación que estos lugares tenían para algunas personas, que los consideraban lugares de pecado; ella misma dice que prefería la muerte a ir a este lugar, pues pensaba que con ello ofendería a Dios, resistiéndose así a la voluntad del médico y de su padre. Finalmente tras una conversación con su confesor, éste le explicó que no era pecado mortal. María que calificaba el lugar como una Babilonia, dice, con asombro, que durante su estancia en ese balneario pudo vivir como en su casa, gracias a la protección de Dios y de su Dulce Madre.

 

El primer año que fue a los baños, la providencia le tenía reservada una buena sorpresa. María pedía en sus oraciones que le fuese facilitado un confesor que la entendiera, pues ella consideraba que era muy corta para explicarme. A su llegada, acudió a la iglesia, y allí se encontró con un padre carmelita descalzo; rápidamente sintió la necesidad de confesar con él. El religioso la oyó en confesión, recomendándole que mientras estuviera allí comulgara todos los días pero que no se confesara; no comulgó todos los días por temor a que se enterara la persona que la acompañaba.

 

Nada explica del segundo año que acudió a estos baños, pero sí cuenta algo del tercer y último año que fue. Dice que la tercera visita fue la peor, pues en la casa en la que estaba había otras personas que se pasaban todo el día de fiesta, cosa que, evidentemente, a ella le desagradaba. Además, en aquella ocasión se puso enferma, llegando a temerse por su vida; ante tanta gravedad, acudió un religioso a visitarla en varias ocasiones, recomendándole que no siguiera la dieta tan rigurosa que tenía desde los diez años, pues afirma que sólo comía pan y carne.

 

En Archidona, desde que falleció su madrasta, hasta que entró como novicia en el convento, tuvo varios problemas con algunas personas, que la tildaban de embustera y la criticaban por su manera de vivir. La acusaron de ser una mentirosa, pues consideraban que sus enfermedades no eran verdaderas. Otras personas las criticaban porque pasaba mucho tiempo en la iglesia y desatendía las labores de su casa, cosa que no era cierta y además tenía permiso de su padre, Francisco de Astorga Frías, para acudir a la iglesia. Otras gentes decían que dilapidaba el dinero de su padre, porque daba muchas limosnas. Ella comenta que tenía muy tranquila la conciencia, pues no hacía nada malo y atendía primero a la obligasion i despues à la debosion.

 

Una vecina, quizás la misma que le había levantado el falso testimonio tiempo atrás, le tenía un poco de inquina. A esta vecina se le perdió una gallina, y cierto día desde el patio de su casa empezó a hablar mal de María, pues creía que se la había robado ella; gritaba que María era una hipócrita y criticaba el modo de vida que llevaba. Para evitar conflictos mayores, María se retiró a la sala de su casa, donde empezó a rezar a la Virgen y tras ello, se puso a leer un libro.

 

A lo largo de su vida tuvo revelaciones de acontecimientos que estaban a punto de suceder o que ocurrirían próximamente. Un mes antes de que falleciera su madrasta, mientras rezaba, tuvo la revelación de que eso sucedería pronto. Otro ejemplo acaeció mientras visitaba a una enferma llamada Ana:

 

[…] abia poco tiempo que aviamos entrado en la Casa y no entramos àver la enferma por que abia poco que abia recibido à su Magesta por viático y toda la familia estaba descuidada porque no manifestaba mallor peligro i yo la abia oído hablar como si estubiera buena pero de pronto me vino un conosimiento que iba à morir que sin poderme sujetar dije à una ermana suya Anica esta acabando vamos alla la que respondio andando sia la sala de la enferma no puede ser que aora estube allí i no tenia noveda entro i empeso à clamar que se abia muerto aunque no era así pero tardo pocos minutos y esto me à susedido con munchos de no conocerlo el Medico y conocerlo yo sin saber porque […]

 

No hay que confundir a esta “Anica” con otra que posteriormente aparece en sus escritos, cuando ya era monja profesa. Esta otra “Anica”, de la que habla siendo religiosa, era Ana Moyano, la cuñada de su padre, que había sido recogida por el maestro alarife en su casa, tras la muerte de su hermano Antonio de Astorga Frías. Ana Moyano falleció el día 18 de abril de 1811.

 

Nos acercamos poco a poco, a su entrada en el convento. Pero antes de llegar a ser novicia en el convento de Mínimas de Archidona, a punto estuvo de entrar en otro convento, y en una orden diferente. Sin que sepamos la fecha y edad en la que ocurrió, comenta María que en cierta ocasión su hermana, debía ser la pequeña Francisca de Astorga Cubero, que no había muerto aún, quiso ir a Antequera y que María la acompañara. A ella le producía mucha repugnancia tener que desplazarse de Archidona, pero más tarde conoció que era obra de Dios. Lo primero que hizo al llegar a la ciudad vecina, fue decir que la llevaran al Convento de Agustinas Recoletas, más conocido como el de la Madre de Dios, pues allí tenía una parienta con la que se había criado, y a la que quería saludar, pues no la había visto desde que aquélla había entrado en el convento. Allí le sucedió lo siguiente:

 

[…] llegando al torno i le able no mas quedándoles las buenas tarde la respuesta fue Maria con que te as puesto buena para ser Religiosa pasa al locutorio y ablaremos i asi lo ise algo sosprendida pero mas me admiraba quado le pregunte que como abia sabido que estaba buena i que era para ser Religiosa i me dijo que abia pasado una cosa que habían estado ablando de mi comprendi por lo que me dijo que era cosa de reblasion porque me dixo que abia pasao una cosa à una Religiosa que era una Santa yo me daba deseo de saber lo que era nunca pude aserlo i a poco rato de estar en el locutorio enpesaron à venir Religiosas i todas venian disiendo que venian à ver la Monja asta que se juntó la Comunida i la entrada de todas era la dicha i todas diciendo que me quedara allí la madre priora me dixo que si me queria quedar estar que no necesitaba mas informe que el que tenia para abrirme la puerta llo dije que no lo aria nuca con tanta aseleracion sin que mi padre lo supiera no teniendo motivo para ello les di las grasias i se fueron i vino una sola i no quedo conmigo nadie porque llamaron à mis ermanos à otro locutorio con algun pretesto porque los entretubieron el tiempo que estubo conmigo aquella Religiosa esta me dijo los años que abia estado mala i que estaba buena i que me abia dado mi Esposo la salu para ser Religiosa que no lo dilatara pues era la volunta de Dios que sino lo asia me volverían los males peores que los abia tenido porque sentia a su voluntad yo dije mis temores de volver à estar con las enfermedades antiguas no poder cunplir con las obligaciones de Religiosa que esto seria para mi de muncha fatiga entonses me aseguró que no ubiera cuidado que no me susederia que gosaria una salu completa en el tiempo que durara el componer las cosas asta entrar i en el año de Novisiado pero que en profesando que no me asustara porque no seria asi que enpesaria à padecer aunque no me estorbaria para cumplir con las obligaciones porque el Esposo me queria crucificada i otras cosas que todo sea cumplido como dixo aquella Sierva de Dios […]

 

De vuelta a Archidona, les contó a su padre y a su confesor todo lo sucedido. El confesor afirmó que aquello era la voluntad de Dios; al día siguiente escribió a las monjas de Antequera para saber a cuánto ascendía la dote de entrada. Las religiosas de Antequera respondieron que tras hacer unas “rebajas”, la dote quedaría en 14.000 reales; cantidad a la que no podía hacer frente su padre. Recurrieron al obispado y al duque de Osuna para intentar conseguir alguna limosna para la dote, pero, desgraciadamente, no se consiguió nada. Se comunicó a las agustinas recoletas que María no podría entrar a formar parte de su comunidad, porque no podía conseguir la dote requerida.

 

Tras esto, empezó la duda de dónde sería voluntad de Dios que entrara como religiosa. La decisión no se hizo esperar, pues cierto día de la novena de San Francisco de Paula, estaba María en el Convento de la Victoria de Archidona, cuando le sucedió un milagro, que le reveló dónde era la voluntad de Dios que entrara como religiosa.

 

[…] estaba pidiendo à mi Dios sacramentado lus para conoser su santisima voluntad en la elección de Religion en esto me quede con mucho recogimiento interior i me paresia que salian unos rallos de lus de la sagrada ostia i se venian à mi formando un escudo de caritas se ponia en mi corazon causandome tanto ardor que parecia me quemaba aun que sin fatiga antes era con muncho consuelo con esto tube algun conosimiento que me queria mi amado Esposo en la Religion minima ì que el escudo que traemos exterior queria lo tuviera interior i asi lo enpese à pedir a mi amado que si era asi como yo lo pensaba que me diera lo que queria que tuviera i que yo le amara con toda el alma i con todas mis cosas i à mis proximos por su i me paresia que todo me lo concedia mi amado Dios yo no puedo desir mas de esto por que le estaba temiendo el tenerlo que decir por no saber explicarme i aber pasado tanto tiempo, lo que puedo decir es que que pasar muncha verguenza porque me parece que perdi el sentido i se me pasó la tarde allí sin dar acuerdo de mi asta que lla era cerca de la noche i me llamo la que abia ido conmigo avisandome que era tarde yo desperte como quien esta mui vevido del sueño sin asentar à hablar i como si estubiera tonta i lo mas que sentia era que no podia decir que estaba dormida aber estado de rodillas ni podia echárselo al flato que es muy capa pero quiso mi Dios que pasara este trabajo […]

 

Al llegar a su casa le preguntaron qué tenía; ella no explicó lo que le había pasado, por temor, y dijo que le dolía la cabeza. Al día siguiente, comentó con su confesor si sería posible entrar en el convento de Archidona; el confesor le comentó sus temores de que no pudiera llevar la vida cuaresmal, pues pensaba que podía sentarle mal a su quebrantada salud. Podemos afirmar que esto ocurrió en 1799, el año que ella entró como novicia, pues en ese año visitó los conventos de la Victoria y Jesús María de Archidona, el provincial de la Orden de los Mínimos, fray Nicolás Batalla Aquino. De este hecho tuvo una nueva revelación María, pues el mismo día que el provincial llegaba a Archidona, ella lo presintió; estando en el patio de su casa, escuchó un carruaje que pasaba por calle Carrera:

 

[…] i la tarde que vino oi el coche que pasaba por la Carrera i yo estaba en la puerta del patio de casa con otras personas i al oir el coche interiormente oi que me desian que pasaba el padre que me abia de dar la licencia conforme lo oi lo dige à las que estaban conmigo estas me preguntaron que quien me lo abia dicho como no lo podia desir dige ahora seme à puesto esa tontería en la cabeza i me desian que que tenia yo que ver con el Provincial que abian conocido mutasion apenas se abia oído el coche le respondia que no tenía que ver nada que era aprensio de mi pero era verda à poco rato vino mi confesor i me dijo que estaba el padre provincial asi que le dijera si le ablaba para que diera la lisensia […]

 

Su confesor le aconsejó que se decidiera pronto, y que orase para saber cuál era la voluntad de Dios. Ella acudió a su Dulce Madre, y al día siguiente se dirigió a su Amado Esposo; en la Comunión, conoció que no debía tener miedo y que debía entrar en el Convento de Jesús y María de Archidona. Tras conocer esto, se dirigió a su confesor para pedirle que realizara las gestiones pertinentes. Se habló con la comunidad de religiosas y con el provincial, y tanto las monjas como el padre fray Nicolás Batalla dieron su autorización para que María pudiera entrar en el convento de su pueblo.

 

Pasaron dos meses, y no se había verificado aún su ingreso como novicia. En su casa, la única persona que conocía lo que estaba pasando era su padre, hasta que su confesor dejó el libro de reglas de la orden en una mesa de la sala de casa de María. Mientras ella salía a la calle a despedirlo, su cuñada, la esposa de su hermano Julián, lo encontró y lo comunicó a todos los habitantes de la casa. Así se enteró la enferma, Ana Moyano, que se puso a dar gritos, pero no de alegría, ya que no querían que María entrara en religión. Su entrada en el convento de Archidona fue de dominio público, cuando el padre provincial acudió a su casa, junto a otros religiosos, para hablar con ella. A la oposición de algunos familiares, se unió la de otros religiosos amigos de su padre, que le instaban a que siguiera llevando la vida que hacía en su casa, de retiro y recogimiento, mejor que entrar en un convento.

 

En los días previos a su entrada como novicia, María tenía algunos miedos y dudas. Todo ello le venía, entre otros motivos, por dejar solo a su padre, y por los comentarios desfavorables de mucha gente. Su padre habló con ella y la tranquilizó, diciéndole: que no se preocupara por él y que no prestase oídos a las habladurías de la gente:

 

[…] me dijo si desen que estoy malo de pesadumbre di que no es asi pues si estobiera agonisando i llegara la ora que tomaras el abito me pusiera bueno del gusto que te dejaba en la Casa de Dios i asta me dijo su merse tanto que quede consolada […]

Desde su entrada y profesión en el convento de Mínimas de Archidona hasta su muerte

(1799-1814)

Pintura al oleo, de Sor María del Socorro
Pintura al oleo, inspirada en el grabado, con la imagen de Sor María del Socorro. Fue realizado en 1916 por R.Palomo y se conserva en el coro bajo del Monasterio.

 

En la noche del 27 de agosto de 1799, María se preparaba, pues al día siguiente, 28 de agosto, día de San Agustín, tomaría el hábito. Quería desprenderse de todas las cosas del siglo; no quería que nadie la molestara; ni quiso que se hiciera convite, ni tampoco despedirse de familiares y amigos:

 

[…] i esta noche estaba deseando verme libre de visitas que porque se me asia tarde de acabar con todas las cosas del siglo o asi que se fueron le di à mi padre todo lo que tenia asi de dinero como otras cosas que tenía á mi uso sin reservar nada pues asta el Santo Cristo que tenia al cuello y un relicario de plata desde niña i lo troque por uno de metal tan libre queria venir de las cosas de la tiera que todo me estorbaba no pensaba aser mas que lo que asen con un muerto porque eso era lo que deseaba queria que to entendiesen lo mismo que me abia muerto para que no se acordaran de mí i asi lo decia à todos los que me visitaban que isieran juicio que me bian entonses con la ultima enfermeda i en entrando en el convento que me abian enterado i me encomendaran à Dios esto desía á las personas que iban à verme en este dia porque no quise despedirme de nadie por quitar la ocasión que me corespondieran ni quise que ubiera convite en el mismo fin […]

 

Aquella noche no durmió, y al día siguiente, el de la toma de hábito, se levantó muy temprano, pidió la bendición a su padre y acudió a la iglesia, donde confesó y comulgó. Explica que en la comunión, parecía que su Amado Esposo acariciaba su alma y estaba contento con su entrada en religión y con los propósitos que María llevaba. Llegó su confesor para acompañarla al convento. En el breve espacio que separa la Plaza de la Iglesia del Convento de las Mínimas, María iba con gran recogimiento, pero tenía que romperlo a menudo para atender a las personas que la paraban para saludarla. Los primeros días de vida religiosa, apenas tenía tiempo para la oración de comunidad, pues acudían muchos familiares para saber cómo se encontraba. Estas visitas la incomodaban y no quería acudir al locutorio; habló con la superiora para intentar evitarlas, y la respuesta que obtuvo fue: que las frecuentes visitas de familiares en los primeros días, era algo normal. Durante el año de noviciado, no padeció ninguna enfermedad, algo poco frecuente a lo largo de su vida, pero una vez que hubo profesado, y como ya le profetizara la religiosa agustina de Antequera, le atacaron diversos males, lo que provocó que algunas personas la acusaran de haber engañado a las monjas, pues durante el año de noviciado no enfermó y después…

 

Un dato que recuerda María de su año de noviciado eran los días de recreación de comunidad, que celebraban por Navidad, y que no le agradaban mucho. Existía la costumbre en el convento de representar unos coloquios, un teatro, sobre la infancia de Jesús. En estos coloquios, algunas religiosas tenían que aprender un papel. Por los datos que se explican en los escritos, hemos deducido que la obra que se representaba era: La Infancia de Jesu-Cristo. Poema dramático dividido en diez coloquios, de Gaspar Fernández y Ávila, cura de la villa de Colmenar (Málaga), publicado en Málaga, en 1784. Ella misma afirma en su relato que su papel era delos más largos. Con toda seguridad representaría el papel de Josef o Jusepe, uno de los más largos, de habla más inculta, y más cómicos de la obra. Nos informa que la obra se representó tres veces, desde que ella entró en el convento (lo más probable es que se viniera representando desde antes de entrar ella, sobre todo si tenemos en cuenta que la fecha de publicación de la edición príncipe es de 1784, en Málaga, y escrita por un cura de Colmenar, pueblo relativamente cercano a Archidona, lo que facilitaría a las religiosas el acceso a dicha obra): los años 1799, 1800 y 1801; y a pesar de su repugnancia a participar, actuó en los dos primeros años, para darle gusto a sus hermanas de religión, especialmente a las mayores, que decían que les causaba mucha devoción; incluso en la del año 1800 lo hizo con gran sufrimiento, ya que el día anterior le habían extraído una muela, y el dolor llegaba a producirle vómitos. En la representación de 1801, alentada por su confesor de entonces, el padre Basilio, rector del Colegio de las Escuelas Pías, se negó a actuar, por lo que le suponía de sufrimiento y distracción en la oración, ya que en el tiempo de ésta, se dedicaba a repasar y aprender mentalmente su papel y el de las demás, debido a su afán de perfeccionismo, que con el tiempo irá superando. Esta distracción en la oración era la causa principal a su negativa, aunque no lo daba a conocer públicamente, y las demás religiosas la acusaban de que su resistencia era debida a sus escrúpulos.

 

En su año de noviciado le ocurrió otro suceso: cerca del día de su profesión encontró muy afligida a una connovicia, que llevaba dos años en el convento. Ésta pensaba que nunca llegaría a profesar, porque no podía reunir el dinero de su dote. María le dijo que no se preocupara, que llegaría a profesar; pidió por ella, y por la noche soñó:

 

[…] le pedi à mi amado Esposo y Señor que la remediase con darle el dote quera lo que la tenia detenida i aquella noche soñè que estaba viendo à mi dulse Madre en una ilesia grande y ermosa i mi dulse Madre estaba con mi amado Esposo en los brazos y con muncho amor me lo dio disiendo que tomara al esposo de mi Alma lo tomé con muncho encogimiento porque anque ailla sido un sueño siempre è conocido mi miseria me asia mi amado esposo munchos carnios y estando en esto vi a la novisia mui legos y afligida i le pedi à mi amado Esposo por ella pero me paresia que mi amado Esposo no queria aser caso ise lo pedi à mi Dulse Madre que intersedira para que aquel alma lograra la dicha de consagrarse à su Servisio asiedo su profesion antes que yo i me lo consedio mi Dulse Esposo asi que se lo pedi por su santisisima Madre y me dijo que por la devosion que tenia de osequiar à la Santisima Trinidad aque dia le darían el dote esto aunque no lo dije el sueñor à la novisia le dije que se consolara que quisa para el dia de la Santisima Trinidad le darían dote i asi susedio […]

 

Esta religiosa, connovicia suya, era Sor Teresa de Jesús y Santa María y Medina, que profesó el día 24 de junio de 1800, natural y vecina de la ciudad de Vélez Málaga e hija de don José Santa María y Díez, y de su esposa, doña Victoria Medina y Cubo. El 11 de agosto de aquel año, ante el escribano Juan Bruno de Godoy, se procedía a realizar la escritura de dote de María de Astorga, pagando su padre la cantidad de 500 ducados, lo que estipulaba el convento para las monjas de velo y coro, más otros 10 ducados por la joya de sacristía y otros gastos para propinas. Dos meses después de la profesión de Sor Teresa de Jesús, el día 29 de agosto de 1800, profesó María, siendo correctora del convento Sor Francisca de Escobar y Navarrete.

 

[…] llegó el dia de mi profesion el que me preparó mi Almado Esposo con muncho recogimiento interior y munchos consuelos que los causaba las palabra que mi alma oía à mi amado Esposo que me abrasaban en su amor y quando llegó la hora de cantar la profesion me paresia que tenia junto à mí á mi dulce Madre y al poner las manos en las del Sacerdote me parecían que eran las de mi amado Esposo esto no era con los ojos del Cuerpo sino con los del Alma que era la que tenia vista aquel dia pues estaba tal que si quien me tenía de aquella suerte no lo ubiera echo el que yo contase la profesion no lo ubiera podido aser porque los sentidos corporales estaban mui tontos í así ni yo atendía al libro ni a nada arto asia mi alma que entender à mi amado Esposo que lo miraba presente y dandome la inteligencia de las palabras que iba diciendo que vuelvo à repetir que no se cómo las dije ise me dijeron que las abia contado con muncho expidiente porque pensaban que segun mi genio se abaia de cortar como nadie sabia que no estaba yo para pensar en las criaturas i estaba como si estubiera sola con mi amado mi dulse madre y los Santos Angeles esa era la compaña con quien esta lla pidiendo dieran gracias à mi Dios y labansa lla contempaldo en aquel beneficio que mi amado me asia sin merecerlo solo por su infinita bonda en este recogimiento estube tres ó quatro dias […]

 

Mi Dulce Madre
Mi Dulce Madre

 

A ella, y a su confesor en el siglo, le hubiera gustado que su nuevo nombre fuera Dolores, pero algunas religiosas, y en especial la madre correctora, no se lo permitieron, pues cuando el Provincial de los Mínimos había autorizado su entrada en el convento, en 1799, le había puesto el sobrenombre de Socorro diciendo que aquel era el que Dios quería que tuviera. En una de sus muchas experiencias místicas, hay una referencia del porqué de su nombre, según su Amado Esposo Jesucristo.

 

[…] y del nombre de Socorro me dijo mi amado esposo que me acordara que era para que tuviera presente el socorrer à mis progimos en sus necesidades […]

 

Cuando Sor María del Socorro de Astorga entró en el convento, había otra religiosa de apellido Astorga: Sor María de la Concepción Astorga y Cejudo, que había profesado en 1797, a la edad de dieciocho años, y con la que no tenía ningún parentesco próximo. Un año después de la profesión de Sor María del Socorro de Astorga, 1801, profesaron: Sor María Josefa Fret y Echevarría, natural de Cádiz; Sor Rafaela Córdoba y Cantillana, natural de Villanueva de Tapia; y Sor Francisca Millet y Castillo, natural de la ciudad de Vélez. Como curiosidad, hay que reseñar que años más tarde, en 1805, profesó la hijastra del otro maestro alarife local, Antonio González Sevillano, llamada Sor Micaela Barranco y Reyes. Lógico hubiera sido que Sor María del Socorro hubiera trabado amistad con alguna de las religiosas que fueron novicias con ella, o bien con alguna otra de las que profesaron cercanas a ella, pero no fue así, pues hizo gran amistad con la madre Sor María Teresa Ariza y Gálvez65, religiosa que profesó en 1798, el 27 de mayo, y era natural de Cabra (Córdoba).

 

Esto nos lleva a hablar brevemente de las celdas o dormitorios. En sus escritos, parece que comparte dormitorio con otras religiosas, en una gran sala; dice que se sentaba en la cama cuando se despertaba, y sin hacer ruido rezaba, por dormir en el dormitorio à vista de munchas. En otras ocasiones, su redacción parece indicar que compartió celda con Sor María Teresa Ariza y Gálvez, pues una noche, dice que encontró la puerta de la celda cerrada y milagrosamente se abrió:

 

[…] en una de las noches que solia ir à la selda à ser el exersisio de la madre antigua me susedio allar serada la puerta de la selda porque mi Maria Teresa abia serado por dentro y yo no lo sabia estube asiendo diligensia para abrirla y no pude y me iba y asi que enpese andar medio otra vez deseo de volver à la puerta por ver si la podia abrir y al llegar se abrió ella misma lo que me causo noveda y muncho mas quando vi el susto que abia dado à Maria Teresa que enpeso à desirme como as abierto que tenia echada la aldaba y le conté lo dicho y al otro dia se lo dijo al Padre Vicario que era su diretor i me llamó à mi el Padre para que yo se lo dijera y nos aconcejo que avisaramos una à otra quando tubieramos que aser, y que estubieramos tan unidas que no nos estorbaramos si fueramos custodia la una de la otra y asi lo emos echo desde entonces que fue à poco de aber yo venido à la Religion […]

 

En otras ocasiones es bien distinto, pues parece que dormía sola en una celda. Puede, que incluso se dieran las tres situaciones en los 15 años que estuvo en el convento.

 

Durante su vida como religiosa, Sor María del Socorro realizó distintos trabajos: el primero fue el de enfermera, el segundo el de portera y finalmente el de tornera, aunque da la sensación de que estos dos últimos estaban relacionados.

 

claustro
Claustro antiguo de la enfermería. Al fondo se puede apreciar el pequeño altar donde se encontraba "Mi Dulce Madre".

 

En 1801 se construyó o reedificó la enfermería del convento, por lo que podríamos decir que ella “la estrenó”. Su trabajo en la enfermería le supuso un disgusto con el resto de la comunidad, pues algunas religiosas decían que no sería capaz de realizar ese trabajo, e incluso llegaron a humillarla. Este trabajo también le proporcionó experiencias religiosas: en sueños veía lo que iba a suceder, y que después ocurría así; conocer quiénes morirían nada más entrar en la enfermería. Tuvo una experiencia cercana a Jesús: un día se hizo la remolona para no atender a una religiosa enferma, pero escuchó la voz de Jesús, y rápidamente acudió a auxiliarla. La labor en la enfermería apenas le dejaba tiempo para acudir a la oración de comunidad. En ocasiones, durante el trabajo, meditaba sobre ciertos pasajes de la Pasión.

 

enfermeria
Fachada de la enfermería del convento, cuyas ventanas dan al patio.

 

La envidia de otras monjas, dio origen a que en una ocasión la acusaran de malgastar el dinero de la comida de las enfermas:

 

[…] en una ocasión que no salio el caldo tan blanco como otras veces aunque tenia lo mismo i abiendoselo dado a una enferma se desasonò porque los males suelen poner a las criaturas penosas i fasiles para dar entrada a la tentasion le dio entrada á u juicio temerario pensando me aprovechaba del dinero del gasto de las enfermas i no les daba lo que debia i asi me lo dijo que las estaba asiendo no convalecer por no estar los alimentos como debían i tomando la tasa se fue à buscar a la prelada para que pusiera remedio enseñandola a las Religiosas que encontraba este fue un golpe fuerte para mi amor propio i asi me dio muncha batería viniendome al pensamiento tanto que decirle que tenia que aserme biolensia para lleverlo en silensio […]

 

El conflicto llegó hasta el Provincial de los Mínimos, pues ciertas religiosas le escribieron diciéndole que no se les daba la comida necesaria en sus enfermedades. El padre Provincial pidió un informe a la comunidad, y Sor María del Socorro fue llamada a capítulo, siendo examinada y encontrada inocente. La comunidad en general, pasó un disgusto, y aquellas que habían levantado el falso testimonio quedaron ridiculizadas. El suplicio fue más llevadero para Sor María del Socorro, que aunque acusada de ladrona, en una de sus experiencias religiosas con su Amado Esposo Jesús, oyó:

 

[…] al istante mi señor me manifestaba sus egemplos en esta que falte me iso conocer mi miseria disiendome yo justo i santo fui tratado como ladron i no me queje con lo que quede reprehendida ì enseñada i esta era la causa que aunque tenia ocasiones de mortificasion me parecían nada i no tenia delicadeza para sentirme de qualquiera palabra le allaba salida para disculparla […]

 

En la enfermería había un nicho en una las paredes, que era un altar con la imagen de mi Dulse Madre de Dolores. A esta dolorosa, que aún se conserva en el coro del convento, acudía constantemente Sor María del Socorro para orar. Tanta devoción tenía a esta sagrada imagen, que durante la ocupación francesa de Archidona y ante la amenaza de que los franceses expoliaran el convento, se llevó a la dolorosa a su celda para ocultarla.

 

[…] enferborisada con esto me fui à la selda para ver si podia ocultar la imagen de mi dulse Madre de los Dolores para que no fuera ofendida […]

 

Muchos milagros y experiencias místicas experimentó en sus primeros años en el convento, relacionadas con la Santísima Trinidad, la Eucaristía, y otras revelaciones. Un milagro inexplicable le sucedió un día en su celda mientras descansaba. Al apoyar la cabeza sobre su mesa, donde había un crucificado, se quedó dormida, y entonces mantuvo un dialogo con su Amado Esposo; le pareció que el crucificado reclinaba la cabeza sobre su pecho, causándole mucha dulzura en su alma; en ese momento pasó la madre Trinidad, que la despertó gritando que el Cristo del crucifijo tenía la cabeza inclinada. El rumor se extendió rápidamente por todo el convento y acudieron algunas religiosas, que pudieron ver y confirmar lo que había sucedido. Sor María del Socorro intentó quitar importancia al asunto. En una época determinada, que no podemos precisar con exactitud, pero sabemos que fue por Pascua, la madre Sor María del Socorro Astorga Liceras salió del convento durante un tiempo. Desconocemos cual fue el motivo exacto de su salida, pero parece estar relacionada con las numerosas enfermedades que padecía. Ella vio esa salida como un castigo por sus muchas infidelidades e ingratitudes. Acudía a Dios pero no encontraba ningún consuelo. No sabemos cuánto tiempo estuvo fuera el cenobio, quizás sólo unos meses.

 

crucificado
Crucificado, que segun la tradición oral del convento, es el que en los escritos de Sor María del Socorro, inclinó la cabeza en una de sus experiencias místicas.

 

Durante su estancia fuera del convento, conoció que la voluntad de Dios era que tomara por director espiritual al rector del Colegio de las Escuelas Pías, el padre don Joaquín Tendero de Santo Tomás de Aquino, al que en sus escritos siempre se refiere como “Vuestra Reverencia”. Tomó la firme decisión de que cuando volviera al convento, se lo comunicaría a la correctora. En 1808, ya de nuevo en el interior del cenobio, habló con la correctora, exponiéndole cual era la decisión; la Madre, en principio no se mostró muy receptiva, pues parece habían tenido algún problema con confesores y directores de fuera de la orden de los Mínimos. Tras obtener el permiso, tomó la decisión de hablar con él, cuando acudiera al convento a confesar, pero hubo varios intentos fallidos hasta que finalmente consiguió hablar con don Joaquín Tendero:

 

[…] al oir las palabras que V . R. me dijo primeras no se que ensanche vino à mi alma como si una criatura estubiera mui oprimida de un gran peso i se lo quitaran à este modo me susedio i no era nasido de las palabras porque quellas y otras munchas me abian dicho otros confesores pero aquellas e que daban en los oìdos i estas entraron al alma i con eso acabe de asegurarme de la volunta de mi Dios i la alegria de mi alma salio asta el esterior porque desian que se me conosia que estaba alegre […]

 

El padre Tendero llegó a Archidona a principios del siglo XIX, pues en 1803 ya aparece firmando como Vicerrector en un documento de la comunidad. En 1804, fue destinado al colegio de San Fernando de Madrid, pero volvió a Archidona en 1807 para ocupar el cargo del rector del Colegio de las Escuelas Pías. Fue en esta segunda etapa en Archidona, cuando se hizo cargo de Sor María del Socorro, dirigiéndola espiritualmente y ordenándole que escribiera todo la historia de su vida hasta ese momento, y que dejara constancia de todas las experiencias místicas que le sucedían día a día. En un principio le duró poco la felicidad a la madre Astorga, pues el padre Tendero fue apresado por los franceses, el día 25 de marzo de 1808, ya que fue calumniado ante uno de los generales que había en el pueblo. Fue llevado a Granada, encarcelado en un calabozo y a punto estuvo de ser ejecutado; pasado un tiempo fue liberado y regresó a Archidona. Posteriormente, el padre Tendero, estando en el colegio de Archidona, sufrió un accidente y se rompió una pierna; tras este suceso, y viendo que no mejoraba, fue llevado a su pueblo natal, Valverdejo (Cuenca). Durante su enfermedad, y estando en Archidona, siguió dirigiendo a Sor María del Socorro a través de cartas. En los escritos de esta Sierva de Dios se conservan algunas de estas epístolas. Entre esas cartas también se intuye que el padre Tendero pudo dirigir a la madre María Teresa Ariza. Tras pasar algún tiempo en Valverdejo, el escolapio, que llegó a ser Vicario Provincial de Castilla, volvió a Archidona.

 

En varias partes de los escritos de la madre Astorga, se intuye que el convento de las Mínimas y el Colegio de las Escuelas Pías de Archidona, mantuvieron muy buena relación. Prueba de ello podría ser la visión que tuvo Sor María de Socorro:

 

[…] me parese que fue este dia el que vi à mi dulse Madre en un trono sentada i que con un manto tapaba el colegio i este convento i los defendia de los enemigos […]

 

En esta época convulsa de finales del reinado de Carlos IV y la ocupación francesa, Sor María del Socorro tuvo varias revelaciones sobre “lo airado que se encontraba Dios”, como consecuencia de las muchas ofensas que se hacían a la Iglesia, y también por la maldad de los hombres. Ella rezó aún con más intensidad para evitar que la ira de Dios cayera sobre el pueblo y los hombres. Durante los años de la invasión francesa, en varias ocasiones existió amenaza de que las tropas invasoras entrarían al convento y lo asaltarían, pero la Sierva de Dios tuvo una revelación que le aseguraba que no entrarían. En cierta ocasión, se recibió en el convento una carta de los franceses, en la que se comunicaba que al día siguiente los invasores entrarían al convento. Ella volvió a tener la misma revelación y, efectivamente, los franceses no profanaron el cenobio. En otra ocasión los invasores entraron en el convento antes de marcharse definitivamente del pueblo, pero como ella dice en sus escritos:

 

[…] i asi no les abia permitido isieran daño alguno como es verda pues entraron como unos corderos i no andubieron mas que donde los llevaron […]

 

Estas cosas no impidieron que durante los años de la invasión, pidiera y rogara a Dios por la vida de un francés herido, que a punto de morir, se negaba a comulgar y a encomendarse a la Divina Providencia. Algo similar le ocurrió con un reo que iba a ser ajusticiado, por el que pidió y oró por su salvación. En sus escritos, se habla de otros puestos y oficios que ocupó en el convento, el de portera y tornera, como ya dijimos anteriormente. El puesto de portera parece que no le gustaba mucho y que le ocasionó algunos conflictos, como sucedió el día que la eligieron para el cargo. El oficio de portera y tornera era codiciado por algunas religiosas; ella lo aceptó con algún desagrado, pero no se quejó. Una vez terminada la elección, empezó a oír las habladurías de otras hermanas. Para no prestar atención a las envidias, se fue al coro a adorar al Santísimo. Una vez hubo terminado de rezar, al salir del coro, empezó a ver “malas caras”, por lo que acudió a la correctora para que le diera el oficio a otra. La superiora le respondió que no, y no le quedó más remedio que resignarse y obedecer. Muchas desazones le provocó este oficio, pues entre otras cosas, en tiempos de obras no bia el coro sino de noche y por la mañana antes de enpesar las faenas del dia. En otra ocasión tuvo un conflicto con otras religiosas: el día que entró la madre María de la Rosa, ésta y otras personas, que no eran religiosas, se estaban paseando por el convento, y ella les llamó la atención diciendo:

 

[…] no abiendo otra portera allí mas que yo le dixe Uste no sabe que esto es clausura lo dige mas bien por las que iban con ella porque eran las que me causaban algun enfado porque lo debian saber […]

 

El trabajo de tornera, en un principio, tampoco le gustaba mucho, pues acudían a él muchas personas, visitas, familiares, pobres, etc., y no le quedaba tiempo para la oración. En cierta ocasión, por Pascua, llegó a decir algo muy curioso:

 

[…] à la pasqua muncho mas porque no parese torno de mongas sino una plasa ò mercado […]

 

Pese a ello, solía acudir con alegría al torno, después de que en cierta ocasión, había tenido una revelación en la que había conocido:

 

[…] es mi bolunta vallas al torno alli estare contigo si como fiel Esposa procuras no apartarte un punto de mi presensia encaminando todas tus obras y palabras à mi mayor gloria en el trato con tus progimos, tus palabras seran pocas y estas solo atendiendo à mi mayor gloria i bien de tus ermanos procurando en buscar el ma =Jesus Maria Jose= el bien de sus almas como lo isimos yo y mi madre mientras bibimos en este mundo […]

 

Todos los días, antes de empezar a desempeñar el oficio, y quitarle el cerrojo al torno, se postraba en el suelo y rezaba. En ocasiones a pesar del “bullicio” que acudía allí, estaba recogida en la presencia de su Amado Esposo. En cierta ocasión, el recogimiento en la presencia de Dios fue tan extremo, que tuvo que apoyar la cabeza en la pared, pidiéndole a su Amado Esposo no le regalara tanta dulzura. En otro momento, cuando daba limosna a un pobre:

 

[…] fue al darle à un pobre un poco de pan que me iba à comer porque era la ora de comer i conforme lo di me paresia me desia mi amado esposo tu me as dado la comida i yo te doi mi corazon con lo que se ensendio mi alma en un amor mui grande i empese à dar grasias à mi Dios […]

 

Muchas experiencias religiosas hay a lo largo de los escritos de Sor María del Socorro Astorga, pero es difícil condensar algo más de 1000 folios en 30 páginas. Aparte de sus experiencias místicas, también encontramos en sus escritos anécdotas graciosas, como la que le sucedió en cierta ocasión, cuando unos gatos se comieron lo que tenía preparado para comer.

 

En febrero de 1813, sus escritos se interrumpen y no continúan sin ningún motivo. ¿Enfermó gravemente o se perdió lo escrito en su último año de vida? Sea como fuere, lo cierto es que el día 31 de marzo de 1814, falleció en olor de santidad a los 44 años de edad.

 

Fue sepultada en una cripta-panteón que existía en el convento, construida en 1732, siendo correctora la madre Sor Ángela Margarita Vázquez y Castro, más concretamente fue enterrada en el nicho cuarto de la fila de abajo, a mano izquierda a la entrada.

 

No sabemos hasta cuándo sus restos permanecieron allí, pero lo cierto es que hoy se encuentran en un pequeño cementerio, que la comunidad de Archidona tiene en el patio del convento. En 1838, aparece por primera vez mencionado el panteón del patio, aunque después vuelven a enterrarse religiosas en la cripta construida en 1732. Llama la atención que se vaciaban nichos y eran ocupados por otras difuntas, pero el nicho cuarto de abajo de la izquierda, donde estaba enterrada Sor María del Socorro, nunca aparece ocupado por otra religiosa; es decir, que su sepultura fue respetada, lo que nos hace pensar que en su último año de vida debió dar grandes muestras de santidad.

 

Es probable que sus restos fueran trasladados al patio el día 10 de junio de 1921, cuando se desocuparon cinco nichos de la cripta. En 1962 se verificó la bendición del cementerio del patio80, y parece que los restos de la Sierva de Dios ya se encontraban allí. En 1997, se arregló el cementerio del patio, terminando las obras en septiembre; en ese momento los restos de Sor María del Socorro fueron exhumados otra vez, y mientras el cementerio se arreglaba, permanecieron en la celda de la correctora.

 

La tumba conserva una vieja lápida, que parece de finales del siglo XIX o principios del XX. Tiene grabada erróneamente como fecha de la defunción el 31 de mayo, cuando debía ser el 31 de marzo.

Sus escritos espirituales

 

escritos de Sor Maria del Socorro
Interior del "cajoncito" y detalle de los escritos

 

Como ya dijimos en el apartado anterior, sus escritos espirituales son fruto de la obediencia, pues el padre Joaquín Tendero de Santo Tomas de Aquino, rector de los escolapios de Archidona, fue quien le ordenó que reflejara todo lo que le sucediera. Algunas hojas se han perdido, pues ella misma dice que las destruyó quemándolas.

 

En sus escritos, se diferencian dos partes: una primera en la que deja constancia de su infancia, vida en el siglo y primeros años de vida en religión; y una segunda en la que, por mandato de su director, pone por escrito, día a día, sus experiencias espirituales. En esta segunda parte es donde obtenemos más detalles concretos de sus innumerables revelaciones y similitudes con otras grandes figuras de la Iglesia.

 

No somos especialistas en Teología Espiritual, pero en líneas generales podemos destacar algunos aspectos de la espiritualidad de Sor María del Socorro de Astorga. Su experiencia religiosa se enmarca dentro de una corriente afectiva, que arranca en las postrimerías del siglo XV con los místicos renanos y bebe en San Agustín, San Bernardo, San Buenaventura, Bernardino de Laredo… En el siglo XVI, conecta con las grandes figuras del misticismo español: Francisco de Osuna, Santa Teresa de Jesús, San Juan de la Cruz, San Pedro de Alcántara, San Juan de Ávila, San Ignacio de Loyola, San Juan de Dios…

 

A continuación, por medio de tres ejemplos, expondremos la similitud de las experiencias místicas de Sor María del Socorro Astorga, con tres grandes santos, dos de ellos españoles y una francesa: Santa Teresa de Jesús, San Juan de la Cruz y Santa Teresa de Lisieux.

 

Percibimos ecos de las experiencias místicas de la Santa de Ávila, en la transverberación, cuando siente su corazón atravesado por flechas de amor, igual que siente Sor María del Socorro y lo describe en el siguiente fragmento:

 

[…] i depues me bine al torno donde se aumentaba cada bes mas los consuelos porque todo quanto asia se agradaba mi amado esposo ello por chica que fuera la coas que isiera por su amor pero à todo quanto asi me paresia me desia mi amado esposo tu me das eso i yo me doi à ti tudo soi tullo otras beses si me amas yo te amo con un amor infinito i asi à este modo iba pasando el dia en medio de las ocupasiones esteriores pero no es posible explicarlo que causaba à mi alma las palabras de mi amado esposo pues eran unas flechas de amor tan fuertes que erian i ensendian el alma de modo que no se explicar porque como he dicho me paresia estar algunas beses fuera de mii en esta disposision tener que atender à las criaturas me era bastante trabajoso poder disimular i asi queria algunas beses desentenderme que tinia à mi amado en mi corazon pero mientra yo mas cuidado ponia mas me daba de modo que algunas beses era tan grande la violencia que tenia que aserme que le desia à mi amado esposo no me diera tanto que no podia […]

 

También en:

 

[…] i tube que bajar al Refetorio que tenia que echar la bendision por tocarme esta semana i me abia puesto tan ronca del ardor tan grande que me abia dado en el pecho que lo ise con trabajo i como la causa segia pues alli mismo estaba mi amado ablando à mi alma i el alma umillada i agradesida respondiendo mi amado esposo desia à mi alma mira con quanto amor te e mirado i me e dado todo à ti que ases tu por mi. Estas son unas flechas ensendidas que solo se conosen bien experimentandolas porque el alma se derite al mismo tiempo que queda tan umillada en el conosimiento de su nada […]

 

Además de esto, tenemos el testimonio directo que nos ofrece la madre Socorro el día 15 de octubre, festividad de la Santa de Ávila:

 

[…] i asi con este conosimiento acudo siempre aquellos medios en lo que me parece puede ser amitida aquella pobresa de mis obras esto asi oi tambien en onor de señora santa Teresa i pidiendole fuera mi protetora i abogada para con mi Dios i esposo i mi señora o Madre alcansandome la grasia de imitarla en las birtudes con perfesion lla que por su infinita misericordia me abia mi Dios consesido algunos de los fabores que abia concedido à la santa lo que en este dia padre mio i en la tarde de aller me à traido como avergonsada por conoser esto que acabo de decir i asi no podia mas que umillarme i alabar la infinita misericordia de mi Dios para conmigo pues resplandece mas en faborecer à quien no lo merece […]

 

Pasamos ahora a algunas de las similitudes, que encontramos en los escritos de sor María del Socorro, con San Juan de la Cruz. Tanto uno como otra, se ven incapaces de expresar con palabras las experiencias inefables, que ellos ven con tanta claridad en su interior. Dice San Juan de la Cruz:

 

Estaba tan embebido,tan absorto y ajenado, que se quedó mi sentido de todo sentir privado, y el espíritu dotado de un entender no entendiendo, toda ciencia transcendiendo.

 

También, San Juan de la Cruz, en sus Dichos de luz y amor, expresa en prosa la misma idea:

 

Una de las grandezas y mercedes que en esta vida hace Dios a un alma, aunque no de asiento, sino por vía de paso, es darle claramente a entender y sentir tan altamente de Dios, que entiende claro que no se puede entender ni sentir del todo.

 

Y escribe sor María del Socorro Astorga:

 

[…] porque conosiendo à Dios sin conocerle porque el solo à si se conose pero ilustrada el alma con aquel Ragito de lus conose muncho i conose que no conose nada porque no puede el entendimiento comprender lo que es incomprensible pero queda anegado i no puede nada mas que estar suspenso i la volunta amando aquel infinito bien que conoce i no comprende i por eso padre mio digo con verda que no puedo explicar nada de lo que conosco quando me dan conosimiento de la dibinida solo lo que puedo desir es que entonses no ero por fe que ai ul Dios i tres personas distintas indivisibles iguales eternas que todo lo be el Alma […]

 

Santa Teresa de Lisieux o Santa Teresita del Niño Jesús, la santa carmelita francesa, de la segunda mitad del s. XIX (1873-1897), aprende de su hermana Paulina, una idea, muy semejante a la que unos 80 años antes, había escrito la madre Socorro: ambas místicas vienen a expresar, con ejemplos similares, la capacidad que tiene Dios de plenificar, de llenar con su amor, todas almas, siendo éstas muy distintas en sus capacidades. Nos dice S. Teresita:

 

[…] Paulina era quien recibía todas mis confidencias íntimas y aclaraba todas mis dudas... En cierta ocasión, le manifesté mi extrañeza de que Dios no diera la misma gloria en el cielo a todos los elegidos y mi temor de que no todos fueran felices. Entonces Paulina me dijo que fuera a buscar el vaso grande de papá y que lo pusiera al lado de mi dedalito, y luego que los llenara los dos de agua. Entonces me preguntó cuál de los dos estaba más lleno. Yo le dije que estaba tan lleno el uno como el otro y que era imposible echar en ellos más agua de la que podían contener. Entonces mi Madre querida me hizo comprender que en el cielo Dios daría a sus elegidos tanta gloria como pudieran contener, y que de esa manera el último no tendría nada que envidiar al primero. Así, Madre querida, poniendo a mi alcance los más sublimes secretos, sabías tú dar a mi alma el alimento que necesitaba […]

 

Y sor María del Socorro lo ilustra con un ejemplo parecido:

 

[…]me iba à la ilesia triunfante porque en la orasion me iba alla i alli me iba bien pues bia mi alma la gloria que gosaban todos los santos i que todos estaban tan llenos de gloria que no podian desear mas porque estaban tan llenos que esplicandome con una comprasion material dire algo aunque no sea mui acomodado como si en una fuente copiosa de aga i tuviera munchos caños i ubiera munchas basijas unas chicas i otras grandes i todas estubieran llenas todas tenian lo que necesitaban según el tamaño que tenia à este modo medo me paresia estaban las almas tan llenas de Dios que todas estaban igualmente llenas sin ningun vasio cada cual segun sus meritos pero como tenian mas estaban igualmente gustosas porque gosaban de lleno al sumo bien que lla no perderan por toda la eternida i à quien amaran sin intermisión […]

 

Es curioso señalar que estos tres santos, que hemos escogido por las semejanzas de sus experiencias místicas con las de Sor María del Socorro, los tres son Doctores de la Iglesia, título que a pocos santos se les concede. Para acabar con este epígrafe, referiremos otra experiencia de sor Socorro, que se repite con frecuencia a lo largo de su relato. En un elevado número de ocasiones, afirma que era tanto el amor de Dios que sentía en su corazón, que le producía un ardor fortísimo en su pecho, en el sentido más literal de la palabra. En una de estas ocasiones, tuvo que ir a refrescarse con agua, porque no podía sufrir más este fuego abrasador:

 

[…] en todas las enfermas miraba à mi Señor el que algunas beses me asia estar poco menor que loca de amor que me ensendia de modo que tenia munchas veses que retirarme i meter las manos. en agua porque me abrasaba […] […] porque el calor natural del tiempo junto con el que yo tenía me causaba una cosa que paresia me iba à dar un asidente malo por lo que tenia que salir à buscar algun fresco i beber alguna poca de agua estas salidas las tenia que aser à fuerza pues paresia que mi corazon tiraban del al sagrario […] […] el de el corazon que es con tanto ardor que parese que se esta quemando porque se a quedado echo una fraga i qua i qualquiera cosa ase que arda mas […]

 

Existe una tradición oral en el convento, transmitida de unas religiosas a otras, que señala que a una pila del patio del cenobio, la única que tenía el agua cayendo continuamente, iba la madre María del Socorro a tomar algún alivio para el ardor divino de su corazón. Estas experiencias se reconocen también en otros místicos y santos: San Felipe Neri; la Venerable Madre Úrsula Benincasa, cuya vida, o parte de ella, conocía sor Socorro, como se lee en el libro de sus escritos; y otros muchos, que harían la lista interminable.

 

pila de agua convento minimas
Pila de agua, en la que Sor Maria del Socorro acudía a sumergir sus manos tras el intenso ardor que el amor de Dios le hacía experimentar.

 

Un proceso de beatificación interrumpido

En el Primer Capítulo General Nacional de la Orden de los Mínimos en España, celebrado en Alcalá de Henares entre los días 21 y 25 de mayo de 1825, en su sesión quinta, se acordó que se procediera a la correspondiente información jurídica de la madre Sor María del Socorro Astorga Liceras:

 

[…] Luego propuso el M.R.P . Provincial de Granada Fray Juan Clavellina que había doce años poco mas o menos muerto en nuestro Convento de Religiosas de Jesús María del Socorro de Archidona la Madre Sor Maria del Socorro Astorga, cuya vida ejemplar, humildad profunda, vehemencia de amor divino, Obediencia ciega, continuado silencio y admirable sabiduría en sus escritos habían persuadido a quantos la conocian que había muerto en olor de Santidad: lo que hacia presente al Reverendísimo Capítulo, para que dispusiese lo más conveniente. Esta exposición llenó de de tanto placer y enajenamiento los ánimos de todos los Padres que prorrumpieron en acción de gracias al Todo-Poderoso, y mandaron que el enunciado M.R.P. Provincial de Granada con sus Colegas por si, o por quien tuviesen, procediesen a la información jurídica de todo con la detención, zelo y prudencia que de suyo exige un asunto tan delicado, y diesen cuenta a Nuestro Reverendísimo de quanto resulto, para que en su vista, determine según Dios lo que mas convenga a su gloria y honor de nuestra Sagrada Religión. […]

 

¿Cómo llegó al Capítulo General la referencia de Sor María del Socorro? La respuesta es bien sencilla, por un fraile mínimo de origen archidonés que estaba presente y tenía una hermana en el convento de Archidona, la cual había conocido a Sor María del Socorro. Nos estamos refiriendo a fray Antonio Almohalla Moyano, ilustre y desconocido archidonés, y a su hermana, la madre Sor Teresa de Jesús Almohalla Moyano, que profesó el día 6 de octubre de 1805, y que fue correctora del convento.

 

El día 5 de mayo de 1828, fray Antonio Almohalla, como provincial de la orden, autorizó una comisión formada por los padres fray Juan de Flores y fray José María del Moral para que acudieran al convento de las Mínimas de Archidona y recogieran y cotejaran todos los documentos de Sor María del Socorro Astorga. Dos días más tarde se comunicaba a la correctora del convento la orden del provincial.

 

El día 13 de mayo del mismo año, los citados frailes acudieron al convento, y les fue facilitado un cajoncito de madera, donde se guardaban los escritos de la Sierva de Dios, el mismo donde ella los guardaba y el mismo donde hoy se encuentran; además les fueron facilitados los libros maestros de la comunidad, para cotejar la letra. Al salir del convento, los religiosos acudieron al Colegio de las Escuelas Pías de Archidona para que los padres escolapios Tomas Garrido del Patrocinio de la Virgen, Asistente General de España, y Tomás García de San José, rector del colegio, nombraran peritos para cotejar las firmas y letra de Sor María del Socorro. El día 16 de mayo, los mencionados escolapios, tras cotejar las firmas y letras, dieron por verdaderos los escritos conservados en el cajoncito.

 

El día 9 junio del mismo año, se procedía a copiar literalmente todos los escritos de la Sierva de Dios Sor María del Socorro Astorga, para adjuntarlos en su proceso de beatificación. Comenzaba la información jurídica.

 

El día 25 de septiembre de 1829, se ponía fin a la copia literal del documento en el Convento de la Victoria de Archidona. Al día siguiente, los padres fray Juan de Flores y fray José María del Moral, ordenaban que se devolvieran los originales al convento de las Mínimas. Quedando a la espera de lo que dispusiera el padre provincial.

 

El día 12 de mayo de 1830, los padres fray Juan de Flores y fray José María del Moral entregaron, a través del torno a la correctora del convento, los escritos de Sor María del Socorro, quedando depositados en el archivo de la comunidad.

 

Después de estas diligencias, aún no sabemos lo que ocurrió, pero seguimos indagando. Lo que sí sabemos es que en 1835, a consecuencia de la desamortización y exclaustración, ordenada por Juan Álvarez de Mendizábal, las diligencias del expediente de la Reverenda Madre Sor María del Socorro Astorga se vieron interrumpidas y nunca se volvieron a retomar.

 

Es probable que como consecuencia del inicio del proceso, se realizara un grabado de la Sierva de Dios. Un verdadero retrato que fue obra del grabador José Ramos de la Vega (Cádiz 1779-¿?), del que aún se conserva la plancha original. No sabemos quién encargó el grabado ni quién fue el que indicó el aspecto que tenía la Reverenda Madre; pudo ser alguno de sus hermanos, Julián o Juan.

 

La familia de la religiosa, descendientes de aquellos Astorgas, en el siglo XX mandaron hacer un retrato. El lienzo era propiedad de don Javier Guerrero Astorga, secretario judicial y notario eclesiástico de Archidona, que parece que tenía algún grado de parentesco con Sor María del Socorro Astorga. Más tarde, el cuadro pasó a ser propiedad de doña Purificación Guerrero Martínez, hija del anterior, y finalmente, los descendientes de ésta señora, lo donaron al convento.